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La hora de Honduras

Por Próspera Team5 min de lectura

Por Erick Brimen, CEO de Próspera Honduras Inc., empresa gestora de la plataforma de gobernanza de Próspera ZEDE

América Latina vive el momento geopolítico más favorable de su historia. Las cadenas de suministro globales se reconfiguran, la Doctrina Monroe regresa al centro de la política exterior estadounidense y el capital internacional busca activamente alternativas al sudeste asiático. En ese escenario, la tesis que defiendo es clara: el país mejor posicionado para liderar esa transformación no es el más obvio: es Honduras.

La comparación que me gusta trazar para sostener esa tesis es de largo alcance. América Latina hoy se parece a la China de finales de los años 60 y principios de los 70, justo antes del mayor milagro de desarrollo económico de los últimos cincuenta años. Pero con ventajas que China no tenía: una tasa de urbanización del 70%, economías abiertas a la inversión y una fuerza laboral más productiva. El momento es irrepetible. Y Honduras, de todos los países de la región, es el que concentra el mayor delta entre percepción negativa y valor real de sus activos. Ahí, precisamente, reside la oportunidad.

Ese potencial reposa sobre tres pilares concretos. El primero es el nearshoring: Honduras está geográficamente posicionada como ningún otro país de la región para captar la relocalización industrial que se aleja de Asia. Proximidad a Estados Unidos, costes laborales competitivos y una población que, con sus niveles educativos actuales, podría multiplicar el tamaño de su economía industrial solo aprovechando esa tendencia. El segundo es el capital humano: un país con altos índices de bilingüismo, seis universidades solo en La Ceiba y una juventud que hoy emigra por falta de oportunidades, pero que podría quedarse si esas oportunidades existieran. El tercero es la alineación geopolítica: Honduras se posiciona crecientemente junto a los intereses norteamericanos, lo que atraerá no solo capital estadounidense sino europeo y asiático, en busca de una base industrial conectada con la economía americana.

Pero hay algo que va más allá de la lógica financiera, y que creo que es el verdadero combustible de esta transformación: el patriotismo económico. Entiendo por patriotismo económico la decisión consciente de invertir el talento, el capital y la energía donde más falta hacen; de elegir construir en casa en lugar de exportar esa capacidad al exterior. 

Honduras pierde cada año a miles de sus mejores profesionales, a sus emprendedores más ambiciosos, a sus ingenieros más preparados. Casi una tercera parte de la economía hondureña se sostiene sobre remesas: dinero que los hondureños generan fuera porque dentro no encontraron las condiciones para hacerlo. Eso es un fracaso institucional, no humano. 

El talento hondureño no necesita demostrar que puede competir en el mundo; ya lo hace. Lo que necesita son las condiciones para competir desde Honduras. Ese es el compromiso que mueve a Próspera, y también el que me llevó a mí, hace más de cinco años, a trasladarme con mi familia a Roatán: no como un gesto simbólico, sino como una apuesta personal por la tesis que defiendo.

El problema que ha frenado históricamente la conversión de ese potencial en realidad no es la falta de recursos ni de talento. Es la gobernanza. Y ese es exactamente el problema que Próspera ha construido para resolver. No mediante reformas nacionales —lentas, costosas, políticamente frágiles— sino mediante un modelo más quirúrgico: zonas económicas especiales avanzadas que operan directamente sobre la capa institucional, creando dentro de sus límites un entorno de common law, arbitraje ágil, reciprocidad regulatoria y seguro regulatorio que hace al capital internacional sentirse en casa, sea de Texas, de Múnich o de Singapur. Un marco de gobernanza estable por décadas, blindado en acuerdos jurídicos internacionales, que no depende de qué gobierno esté en el poder ni de cuántos años le queden de mandato.

Roatán es el primer ejemplo de ese modelo. Una isla con una milla cuadrada más grande que Hong Kong, con apenas 100.000 habitantes hoy, conectada directamente con Miami por vuelos diarios, destinada a convertirse en el equivalente caribeño de Dubai o Singapur: la base de capital, talento e infraestructura institucional desde la que proyectarse hacia el resto del país y la región. Ya ha generado más del 33% de toda la inversión extranjera directa greenfield de Honduras en 2021 y 2022, más de 5.000 empleos y una industria de turismo médico de vanguardia —terapias génicas, células madre, longevidad— que no existía hace pocos años. La Ceiba y el Puerto de Satuyé son el siguiente paso: repotenciar el corredor norte como la nueva base industrial del país, con capacidad de crecer sobre la tendencia del nearshoring global.

Lo que Próspera demuestra en Roatán es un modelo replicable en cualquier país del hemisferio que quiera acelerar su desarrollo sin esperar a que una reforma nacional lo haga posible. Honduras fue el pionero, en parte por necesidad, pero a veces la necesidad y la sabiduría se unen para crear verdadera innovación. En 20 años, si el modelo escala, el debate en el continente no será sobre migración ni crimen sino sobre especialización económica. Y Honduras dejará de ser el país más subestimado de América Latina para convertirse en uno de sus motores.

La coyuntura está. El modelo está. El talento hondureño está. Solo falta una cosa: seguridad jurídica y normas estables que no cambien con cada ciclo electoral. Sin esa condición, el capital no llega, los empleos no se crean y el potencial se queda en potencial. Con ella, Honduras tiene todo lo necesario para recorrer en una generación el camino que otros tardaron décadas en completar. Esa decisión no la toma el mercado. La toman quienes gobiernan.

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